domingo, octubre 12, 2008

12 DE OCTUBRE: DÍA DE LA HISPANIDAD. CELEBRÉMOSLO CON "LA CONQUISTA DEL PARAÍSO"


Ya ni siquiera se le llama por su nombre. Lo que es la Fiesta Nacional de España se denomina corrientemente, en la calle, “el puente del Pilar”. Tampoco, consecuente con su “centrista” línea de dejación, el Partido denominado Popular va siquiera a celebrarla este año, aparte, por supuesto, de participar en los consabidos y encartonados actos oficiales.

Lo que fuera durante siglos el mayor Imperio del mundo ha quedado reducido hoy al mantenimiento de nuestra lengua común —al menos eso, mal les pese a quienes, en Cataluña y las Vascongadas, quisieran desprenderse de nuestra lengua y de nuestras raíces. Razón de más para recordar y celebrar la gesta de aquellos hombres: de aquellos antepasados nuestros que, si volvieran, si nos viesen… —no, mejor que no lo hagan, pobrecitos—, tendrían sobradas razones para escupirnos en la cara, para no reconocer como pertenecientes a su linaje a los enclenques, acomodaticios españolitos de hoy.

Basta ver las imágenes de la película 1492 que, envueltas en La conquista del paraíso, la fastuosa composición coral del griego Vangelis¡por una vez, una gran obra de música contemporánea!—, les ofrecemos en el vídeo adjunto; basta estremecerse contemplando las carabelas surcar “la mar oceana”, que decía el Almirante; basta sobrecogerse reviviendo el momento en que los primeros de nuestra estirpe ponen pie en el Nuevo Mundo, para comprender la grandeza de lo que fue aquello: el valor indómito del que dieron muestras el puñado de hombres que conquistaron el Nuevo Mundo. Aquel mundo que, contrariamente al hermoso título de la banda sonora, no fue ciertamente ningún paraíso.

Lo conquistaron, sí. No para arrasarlo, no para lucrarse —acabó España más pobre después que antes de la conquista. Lo conquistaron para implantar una nueva civilización: la que mientras existía (¿existe aún?) fue la más grande y rica —artística, cultural, científica, filosófica, espiritualmente— de cuantas civilizaciones han existido jamás en la tierra.

¿Conquistaron el Nuevo Mundo a costa, se dirá, de las civilizaciones ahí preexistentes (grandes en ciertos aspectos; salvajes y sanguinarias en otros)? Por supuesto. Lo conquistaron como los romanos, unos mil quinientos años antes, se habían impuesto a las civilizaciones preexistentes en Hispania, en la Galia, en Panonia, en media Europa. Gracias debiéramos darles cada día, mal les pese a quienes se empeñan en cantar aún hoy, entre nosotros, las glorias de la numantina resistencia.

Mal les pese, sobre todo, a quienes, de un extremo al otro del orbe, consideran que la conquista como tal —cualquiera, la que sea— es, en sí misma, el más horrísono y vil de todos los males. Un mal que no les impide, en cambio, asistir impávidos —aplaudir incluso— a la más colosal… pero inaparente —suave, casi dulzona— conquista de todos los tiempos: la global invasión de los modos y maneras del capitalismo occidental a escala de la tierra entera.


Fuente: "El Manifiesto"

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